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París, en la Era de los Extremos - Deusto Knowledge Hub Explorer

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París, en la Era de los Extremos - Deusto Knowledge Hub Explorer
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París, en la era de los extremosKEVIN H. R. VILLANUEVALos dibujantes de un semanario satírico han muerto asesinados; los asesinos han muerto abatidos; un millón de personas ha marchado en una protesta pacífica; y los muertos han sido enterrados. El pasado 14 de enero se publicó la nueva portada de Charlie Hebdo: una caricatura del profeta Mahoma en duelo con un cartel que rezaba «Je suis Charlie», con el lema: «Tout est pardonné». Todo está perdonado. Sin embargo, me parece raro que hagamos como si el futuro de la comunidad mundial hubiera salido prácticamente indemne de la carnicería, que tiene un sorprendente valor simbólico. Las raíces del resentimiento entre Occidente y el resto del mundo son profundas, y están entremezcladas con una compleja serie de episodios que nos dan una pista para comprender qué ha impulsado a estos militantes islamistas a tomar las armas. París es una isla, una ciudad orgullosa de sí misma, distinta pero vital para su nación. Fue el caldo de cultivo de la revolución del siglo XVIII que trajo al mundo los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; de ahí que en la era del imperio, París fuese una fuente creadora de ideas del proceso civilizador. A mediados del siglo XX, con la creación de instituciones financieras internacionales y organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, el mundo occidental, a ambos lados del Atlántico, disfrutó de una influencia cada vez más hegemónica en términos de conformación institucional del perfil de nuestras comunidades políticas y de la economía mundial.Es asombrosa la capacidad de resistencia del Estado democrático liberal, acompañado en gran medida por modelos de economía capitalista. Sin embargo, lo acontecido el 11 de septiembre, con inclusión de la ocupación y del eventual desmembramiento de Irak, y la legitimidad de los gobiernos que han surgido de la Primavera Árabe en Túnez, Egipto y Libia entre ellos y el actual conflicto en Siria, han puesto en tela de juicio su imparable avance.Se puede entender el terrorismo islamista en al menos dos formas: en primer lugar, como el clamor de una civilización descontenta en la que el Estado y la religión siguen coexistiendo en el gobierno político frente al Estado laico; y, en segundo lugar, la manifestación de lo que algunos estudiosos llaman un «profundo malestar» dentro del islam entre los grupos tribales -entre suníes y chiíes, entre Al-Qaida y el culto ISIS, por nombrar algunos-, todos ellos tratando de redefinir lo que significa ser musulmán en un mundo moderno en el que los fieles sienten que sus creencias han sido relegadas al abandono.Otra nota es el avance del liberalismo político, que va acompañado de la expansión del régimen internacional de derechos humanos. La primacía de la razón, la libertad individual y la autonomía son esenciales para reivindicar derechos. Curiosamente, uno de los principales documentos sobre los derechos humanos, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, también fue un producto de la Revolución Francesa. Ahora, los atentados de París han hecho que el debate gire tristemente en torno a la libertad de expresión.La respuesta mayoritaria afirma que la libertad de expresión es absoluta. Estamos de acuerdo. Sin embargo, solo es absoluta en el sentido de que es inviolable; no constituye una licencia libre para ejercer ese derecho, especialmente en aquellos casos en los que se viola la dignidad de otro ser humano. Los derechos entrañan responsabilidad. Asimismo, las reivindicaciones que hacen los musulmanes y cualquier otro creyente de lo sagrado no solo son absolutas en todas sus formas, sino que también constituyen la esencia de su humanidad.El argumento que aquí formulamos no es que Occidente y el islam sean culpables de algo o que estén enfrentados entre sí, sino que hay un sentimiento de desigualdad que está corroyendo la coexistencia pacífica de las culturas. Hay un vacío de respeto humano: una burla de las esperanzas y debilidades de nuestra existencia limitada.Los atentados de París son la última manifestación de una serie de enfrentamientos: la fatwa contra Salman Rushdie de 1989, los atentados terroristas del 11 de sep-tiembre de 2001, los atentados de la estación de Atocha de Madrid de 2004, los de Londres de 2005 y las revueltas contra la parodia del diario danés Jylland-Posten, así como la matanza por parte de los talibanes en diciembre de 2014 de 132 escolares en Pakistán.Lo ocurrido en 2015 en París debe entenderse como parte de la lucha de los excluidos y como una carrera para definir nuevas normas de civilización en una sociedad humana que crece en interconexión mundial. Es una ruptura con los excesos de la libertad de expresión y la crueldad del fanatismo. Desgraciadamente, unos fanáticos manipulan estas manifestaciones de indignación; y la muerte y la destrucción que causan convierten su causa en una auténtica farsa.Por tanto, el primer ministro francés debe ser claro acerca de lo que quiere decir cuando afirma que Francia declara una «guerra» contra el «islam radical».Seguimos viviendo en lo que el historiador Eric Hobsbawm ha llamado la «era de los extremos». Nuestra era es un rehén del terrorismo que nosotros mismos hemos cultivado. Estamos librando una guerra contra la violencia en todas sus manifestaciones, no en contra de las distintas expresiones de la fe por las que se rigen la historia y el futuro de la humanidad. Creo que perder de vista esta distinción anulará la razón.Kevin H.R. Villanueva es profesor de Relaciones Internacionales en el European Inter-university Centre for Human Rights and Democratisation (Venecia, Italia) e Instituto de Derechos Humanos Pedro Arrupe de la Universidad de Deusto
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Kevin H. R. Villanueva
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2015-02-13T00:00:00
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